Mercados atentos
Frente al contexto de guerra, crisis energética e inestabilidad, los mercados reaccionaron como de costumbre: con volatilidad. Durante el pico del conflicto en Medio Oriente el barril de crudo llegó a tocar los 120 dólares y las principales bolsas del mundo registraron fuertes fluctuaciones. A pesar de las correcciones, analistas reconocen una debilidad estructural: un escenario que propicia una reconfiguración del clásico «flight to quality» a un «flight to real assets».
A principios de este año, el Foro Económico Mundial anticipó que a lo largo del 2026 el mundo entraría en un período caracterizado por la fragmentación y la confrontación, pronóstico presentado en el Global Risks Report elaborado a partir de una encuesta a más de 1.300 líderes y expertos. La escalada del conflicto en el Golfo Pérsico es la prueba más evidente de lo acertado de su análisis.
Durante el pico del conflicto prácticamente todos los indicadores sufrieron alteraciones significativas: el barril de Brent llegó a 120 dólares tras el cierre del Estrecho de Ormuz, el S&P 500 perdió alrededor de 8%, el EuroStoxx 50 cayó más de 7% y el Nikkei también sufrió retrocesos. Tras el anuncio del alto al fuego la mayoría de estos índices inició procesos de recuperación, pero la tónica que guía al mercado sigue siendo la volatilidad.
Sin embargo, algunos expertos advierten señales de debilitamiento estructural. La analista Kyla Scanlon publicó en The New York Times que los mercados ignoran la profundidad real del riesgo coyuntural, en tanto la infraestructura de rescate que históricamente garantizó el Estado norteamericano hoy presenta distintos límites.
Negocios en riesgo
Desde el lunes negro de 1987, la Fed intervino en cada crisis financiera a través del recorte de tasas y la inyección de liquidez. Ese método hoy está bloqueado: un recorte de tasas agravaría las presiones inflacionarias, mientras que la desconfianza de los tenedores extranjeros de bonos del Tesoro eleva los rendimientos de la deuda soberana y estrecha el margen fiscal para cualquier nuevo programa de rescate.
En este marco comienza a configurarse un retorno a los activos reales: oro, inmuebles, infraestructura y materias primas. También el self-storage, una industria con un valor de mercado de US$ 60.000 millones que el Wall Street Journal calificó como «a prueba de recesiones». Análisis de firmas como Pimco sugieren que una asignación selectiva a activos reales mejora la resiliencia de los portafolios frente a riesgos inflacionarios y geopolíticos.
En 2025 los flujos hacia ETFs de commodities pasaron de USD 1.300 millones a USD 58.000 millones. Este fenómeno es tan antiguo como el capitalismo moderno, pero cada gran ruptura del orden financiero lo obliga a reinventarse. Después de 2008 fue la liquidez; tras la crisis de 2020, la deuda soberana. Hoy, con ambos recursos bajo la lupa, el capital elige volver a tierra firme.
Es cierto que, indefectiblemente, el dólar termina por imponerse frente al peso. Pero también es verdad que esta fortaleza es relativa, y que la moneda norteamericana no está blindada frente a los embates de la economía global. Basta un ejemplo básico para dar cuenta de esta situación: en 1964, USD 20.000 alcanzaban para comprar una vivienda promedio en EE.UU; en el año 2.000, el número ascendió a USD 120.000; y en la actualidad, un comprador necesita USD 400.000 para adquirir una propiedad similar.
Según el IPC del Bureau of Labor Statistics, el poder adquisitivo del dólar se redujo aproximadamente 83% entre 1975 y 2025. A su vez, el Índice DXY, indicador financiero que mide el valor del dólar frente a otras seis divisas, cayó alrededor de un 10% en el primer semestre de 2025, en lo que representó su peor desempeño en un período de 50 años. El contexto internacional signado por el conflicto tampoco permite pronosticar estabilidad en el futuro cercano, e incluso consultoras como Morgan Stanley anticiparon un 2026 de mayor volatilidad para la moneda norteamericana.
Paradójicamente, son los ahorristas extranjeros los que más sufren esta situación. Sin acceso a los estímulos fiscales ni a los programas sociales financiados con la emisión de la FED, y sin posibilidad de adquirir crédito barato en dólares. Como indica el Efecto Cantillon, la ampliación de la base monetaria enriquece a quienes están más cerca de la creación de dinero y empobrece a quienes están más lejos. Los pequeños y medianos ahorristas representan el último eslabón en esta cadena monetaria.
Los dólares que se guardan bajo el colchón no hacen más que perder valor año a año, independientemente de la relación coyuntural o histórica que mantengan con el peso. Los datos demuestran que el dólar guardado es dólar dormido y, por lo tanto, pérdida de capital. La generación de rendimientos es el único método probado para sortear la desvalorización del dinero, y para generarlos es necesario despertar el ahorro y ponerlo a trabajar.
Al contrario de lo que indica cierto sentido común construido a partir de un déficit en educación financiera, invertir no es un riesgo, sino una herramienta de resguardo. Cabe destacar que la inversión no necesariamente debe ser un sinónimo del ámbito bursátil. Como demuestra el ejemplo de la vivienda, existen activos que funcionan como respaldo sin exponerse al ritmo frenético de la bolsa.
Sin ir más lejos, los storages de almacenamiento que hace 25 años valían USD 5 millones, hoy valen cerca de USD 20 millones. Quien invirtió allí ganó y evitó el riesgo, ya que forman parte de una industria de consumo masivo en EE.UU., con valores transparentes y un mercado de dimensiones enormes.
El dólar aún es la moneda predominante en el mundo, pero no representa una garantía en sí misma: esta es la clave en la que deben pensar los ahorristas. Quienes lo comprendan tendrán mejores herramientas para afrontar la volatilidad. Aquellos que no, corren el riesgo de quedar atrapados en una dinámica propia del mito de Sísifo, condenado a empujar eternamente una roca cuesta arriba, solo para verla caer una y otra vez.