Cuando la nube pesa demasiado: ¿Es la IA una nueva burbuja financiera?

Desde hace algunos años, la inteligencia artificial es el nuevo caballo de batalla del mercado financiero. Si bien existen grandes expectativas de ganancias futuras, esa foto todavía no es película y comienzan a surgir los primeros interrogantes: distintas señales motivan a algunos analistas a advertir por la posible configuración de una burbuja financiera.

Este año, las cinco firmas tecnológicas más importantes gastarán en conjunto alrededor de u$s800.000 millones en data centers e infraestructura para IA. Se trata de un gasto cercano al 40% de sus ingresos totales, superior al de la industria petrolera en el boom del shale y al de las telecomunicaciones durante la burbuja puntocom. Sin embargo, los analistas esperan que al menos tres de estas compañías registren flujos de caja libre negativos en algún trimestre del año.

Para financiar la expansión, el endeudamiento escala a un ritmo que empieza a llamar la atención. Desde comienzos de 2024, las cinco grandes tomaron u$s260.000 millones en los mercados de bonos —equivalente a una cuarta parte de toda la deuda emitida por empresas no financieras cotizantes en Estados Unidos— y acumulan u$s820.000 millones en compromisos de leasing por centros de datos todavía no construidos.

El problema es que los argumentos que durante años justificaron esta apuesta comienzan a perder fuerza: primero cayó el de la generación de caja, luego el de las recompras de acciones como señal de solidez y, finalmente, el de las valuaciones razonables. Hoy los inversores evalúan a estas compañías sobre la base de contratos de ingresos futuros —acuerdos de largo plazo para vender capacidad de cómputo a desarrolladores como OpenAI y Anthropic— que crecieron de u$s730.000 millones a u$s2 billones en apenas un año. Esos contratos son una cadena de confianza que se sostiene mientras los desarrolladores sigan recaudando capital suficiente. Si esto no sucede, el modelo corre el riesgo de derrumbarse.

Flight to real assets

Ante el surgimiento de volatilidad, cada gran fase de inversión concentrada en un sector tiende a redistribuir el capital hacia donde el mercado percibe mayor solidez relativa. Después de 2008 esa solidez se encontró en la liquidez; tras la crisis de 2020, en la deuda soberana. Hoy, con una Reserva Federal limitada para utilizar recortes agresivos de tasas y con los tenedores extranjeros de bonos del Tesoro mostrando desconfianza creciente, ninguno de esos dos refugios clásicos ofrece la misma certeza.

Una lectura correcta del ciclo debe prestar atención al denominado flight to real assets. La rotación hacia activos con valor intrínseco —inmuebles, infraestructura, materias primas o self-storage, catalogado por The Wall Street Journal como una industria a prueba de recesiones— responde a la necesidad de refugio. La firma Cohen and Steers anticipó incluso una oportunidad multidecadal para los activos reales debido a factores como la inflación y el recorte de tasas.

Es en contextos como este que cobra relevancia el Modelo de Dotaciones de Yale, elaborado por David Swensen durante sus 36 años como director de inversiones de la universidad. La regla establece que un inversor debe tener un mínimo del 20% de su cartera en alternativas como el inmobiliario comercial, en lugar de depender estrictamente de acciones y bonos tradicionales. Los activos físicos no requieren que ninguna cadena de confianza tecnológica se sostenga para conservar su valor, no se deprecian si un modelo de lenguaje pierde relevancia y tampoco dependen de que una startup logre su próxima ronda de financiamiento.

Así, la mayor apuesta de la historia en infraestructura digital está, paradójicamente, recordándole al mercado el valor de lo concreto.

Es cierto que, indefectiblemente, el dólar termina por imponerse frente al peso. Pero también es verdad que esta fortaleza es relativa, y que la moneda norteamericana no está blindada frente a los embates de la economía global. Basta un ejemplo básico para dar cuenta de esta situación: en 1964, USD 20.000 alcanzaban para comprar una vivienda promedio en EE.UU; en el año 2.000, el número ascendió a USD 120.000; y en la actualidad, un comprador necesita USD 400.000 para adquirir una propiedad similar.

Según el IPC del Bureau of Labor Statistics, el poder adquisitivo del dólar se redujo aproximadamente 83% entre 1975 y 2025. A su vez, el Índice DXY, indicador financiero que mide el valor del dólar frente a otras seis divisas, cayó alrededor de un 10% en el primer semestre de 2025, en lo que representó su peor desempeño en un período de 50 años. El contexto internacional signado por el conflicto tampoco permite pronosticar estabilidad en el futuro cercano, e incluso consultoras como Morgan Stanley anticiparon un 2026 de mayor volatilidad para la moneda norteamericana.

Paradójicamente, son los ahorristas extranjeros los que más sufren esta situación. Sin acceso a los estímulos fiscales ni a los programas sociales financiados con la emisión de la FED, y sin posibilidad de adquirir crédito barato en dólares. Como indica el Efecto Cantillon, la ampliación de la base monetaria enriquece a quienes están más cerca de la creación de dinero y empobrece a quienes están más lejos. Los pequeños y medianos ahorristas representan el último eslabón en esta cadena monetaria.

Los dólares que se guardan bajo el colchón no hacen más que perder valor año a año, independientemente de la relación coyuntural o histórica que mantengan con el peso. Los datos demuestran que el dólar guardado es dólar dormido y, por lo tanto, pérdida de capital. La generación de rendimientos es el único método probado para sortear la desvalorización del dinero, y para generarlos es necesario despertar el ahorro y ponerlo a trabajar.

Al contrario de lo que indica cierto sentido común construido a partir de un déficit en educación financiera, invertir no es un riesgo, sino una herramienta de resguardo. Cabe destacar que la inversión no necesariamente debe ser un sinónimo del ámbito bursátil. Como demuestra el ejemplo de la vivienda, existen activos que funcionan como respaldo sin exponerse al ritmo frenético de la bolsa.

 

Sin ir más lejos, los storages de almacenamiento que hace 25 años valían USD 5 millones, hoy valen cerca de USD 20 millones. Quien invirtió allí ganó y evitó el riesgo, ya que forman parte de una industria de consumo masivo en EE.UU., con valores transparentes y un mercado de dimensiones enormes.

El dólar aún es la moneda predominante en el mundo, pero no representa una garantía en sí misma: esta es la clave en la que deben pensar los ahorristas. Quienes lo comprendan tendrán mejores herramientas para afrontar la volatilidad. Aquellos que no, corren el riesgo de quedar atrapados en una dinámica propia del mito de Sísifo, condenado a empujar eternamente una roca cuesta arriba, solo para verla caer una y otra vez.

Marcos Victorica es Fundador y CEO de BAS STORAGE

Compañía que está revolucionando el mercado inmobiliario americano a partir de la creación de un producto basado en la infraestructura económica americana.